14 jun. 2016

Me nacen flores desde las heridas.

En alguna parte del mundo, un alfarero que dedicaba sus tardes a la creación de vasijas de barro, (cansado de remendar una y otra vez sus quebraduras) decidió implementar nuevos métodos a fin de terminar con la fragilidad de las mismas. Entonces, se levantó de su asiento, vistió sus mejores ropas, recogió sus ahorros, y partió hacia la feria de su pueblo.
Con mucha determinación, al regresar, comenzó su labor. Estaba contento. Tenía una alegría de esas que contagian, que hacen latir fuerte el corazon, y amplían la sonrisa.
Comenzó mezclando el barro con semillas de flores. De distintas variedades, colores y tamaños. Puede decirse que ahora, cada vasija sería diferente, que llegarian a sus narices esos perfumes que tanto le alegraban las mañanas. Y, aunque habia que esperar, estaba muy esperanzado; imaginaba, visualizaba los posibles frutos.
Pensó que sus vasijas ya no serían ni tan fragiles ni tan oscuras, y no se quebrarian tan fácilmente, estarían llenas de vida. Sin embargo, sintió angustia por aquellas que no habían tenido la posibilidad de albergar flores en su interior, o de ser fecundas, de dar vida. Recordó aquellas vasijas tan frágiles, y se durmió sumido en su tristeza.
Al dia siguiente, olvidando aquellos pensamientos, comenzó su rutina normal, contempló los primeros brotes de las vasijas, mas su sonrisa no se amplió, ni su corazón latió mas fuerte. Simplemente recorrió sus espacios de trabajo, con una alegría que se iba apagando.
Transcurrieron los dias y aquel alfarero no comprendía por que permanecía su angustia por aquellas vasijas que creía inútiles. No comprendía por qué no cantaba al traer sus frutos. Comenzó a buscar una solución a aquello que tanto lo inquietaba. No encontraba sentido a aquello que aún no tenia respuesta. Su angustia comenzaba a resultar extraña. Sus lágrimas regaban las pequeñas flores. Comprendía que el dolor sin un sentido es sufrimiento, pero veía como ese dolor, mantenía con vida esos frutos.
Y una tarde, como si fuera una epifanía, llegó esa respuesta que tanto anhelaba. Su angustia comenzó a ser transformada. Tomó agua, humedeció los bordes, junto nuevo barro, nuevas semillas y remendó las vasijas quebradizas.
Sin mucha esperanza, comenzó a ver los primeros brotes. Luego, llegaron las primeras hojas, las espinas, y el primer capullo. Ese día, con lágrimas de alegria, el alfarero comprendió que los fracasos se pueden remendar.
Aquellas vasijas, que habían sido basura, eran aún mas hermosas que las que primero habían florecido.
Sus flores en lo que habían sido heridas, llevaban espinas, pero su aroma, la textura de las hojas, su rojo color, las hacía especiales, podían dañar si no se tenía mucho tacto, pero valía la pena el fruto que daban.
Reflexionó sobre su labor, y entendió que con nosotros pasa lo mismo, que a veces descuidamos lo que creemos roto, o menospreciamos las heridas. Pero pueden sanarse. Y con flores. Que las flores pueden dar un aroma precioso, adornar lo que sea. Hasta el corazón mas rústico.

Así, que hoy, te pregunto ¿te animás a dejarte moldear otra vez?

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